edificaciones

La singularidad expresiva: un reto

La historia del deterioro de los edificios, sus modificaciones, y “reparaciones” constantes nos convocan a nuestra actual situación.
Foto de Diálogo Digital
2016-01-22
Resumen: 

Este es el cuarto y último de una serie de artículos sobre la investigación que realiza el Grupo de Estudios Semióticos de la UPR, a partir de la cual se realizó la instalación artística Signos. Originalmente fueron publicados en Diálogo UPR.

Al entrar en el edificio Anexo Jaime Benítez Rexach (AJBR) del Recinto de Río Piedras lo hacemos en un conjunto de prácticas que tienen un cierto nivel de coherencia con el otro edificio contiguo, el Domingo Marrero Navarro (DMN). Hay discursos inteligibles que los ligan, que les proveen de una cierta densidad espacial. Su unidad territorial se funda no sólo por su contigüidad física, sino por su proximidad simbólica. Claro, no se trata de un todo homogéneo, sino de un movimiento de complementariedades que permiten, en la reconstrucción del DMN, ver el trayecto que está recorriendo el AJBR. El DMN tiene, semióticamente hablando, forma de palimpsesto, ya que es como un manuscrito que conserva huellas de otra escritura anterior en la misma superficie, pero borrada expresamente para dar lugar a la actual. La historia de su deterioro, sus modificaciones, y “reparaciones” constantes nos convocan a nuestra actual situación. De hecho, la mitad del edificio se encuentra clausurada, inaccesible, con paneles de plywood, “temporeros” en un proyecto de restauración que se agotó antes de comenzar verdaderamente. Las señales del deterioro agotan su luminosidad dada la opacidad de nuestro mirar que se mira a sí mismo, atado en la caverna platónica de nuestro interior.

Todo signo, recordemos, es una cosa que está en lugar de otra y la representa, como lo advierten los estoicos y lo formula Charles Sanders Pierce. Ninguna de sus partes existe, propiamente hablando, de forma aislada. El significante óxido, por ejemplo, no existe, sino en función de la relación tríadica con el concepto y la conciencia interpretante. La lectura que hacemos propone una pluralidad de lecturas a las cuales nos remite este objeto-signo, de forma fluida y móvil más allá de una suerte de fin explicativo cerrado de una totalidad concluida. Entremos a considerar una parte, que como tal, contiene la totalidad completa.

Consideremos un simple pestillo que nos encontramos al entrar al baño de profesores. En la puerta de metal está instalado ese dispositivo de una barra de metal sujeta a una hoja de fondo de una puerta que al correrse se encaja en otro extremo en el marco. Su estilo es de cerrojo tipo mariposa, con acabado latonado, para esquina, deslizante, de acero ferroso de aleación de baja calidad por lo cual se corroe y se oxida fácilmente. Su forma contraviene el estilo de la puerta de metal al cual está sujeto de forma desnivelada. Está oxidado aunque se intentó, infructuosamente, borrar dicha condición mediante un pulido para encubrirlo. Como no ajusta a ese tipo de puerta se usó un pedazo de cartón para calzarlo de manera que pudiese ser utilizado.

Ahí está el pestillo. Su forma misma, en esa condición concreta de existencia, en ese “ahí”, contraviene el tipo de puerta y de construcción –en términos de estilo- pero su transgresión no lo hace incoherente a nivel simbólico. Al insertar el pestillo-objeto (demarcado) en las condiciones de su “estar” (unidad de sentido) encontramos niveles de coherencia. Veamos algunos de ellos.

Tomemos un detalle: los tornillos. Desde el punto de vista de su mortaja y tipo de cabeza, tenemos la siguiente combinación: – cilíndrico con cabeza cuadrada interna, – cabeza hexagonal con arandela, de dos fabricantes distintos, y – cilíndricos combinados tipo Philips con ranura comenzada, los dos de distinto tipo. La diversidad de sus tornillos nos remiten a un tipo de actitud del trabajo, a un desentenderse respecto a la apariencia de la pieza, a un tipo de descuido visto como puramente normal con la cual están de acuerdo tanto el instalador como el que recibe la pieza. Al ver los otros pestillos, constatamos que este aspecto se repite, es decir, se trata de una modalidad extendida, de una práctica.

Su oxidación forma parte de una constante tanto en este tipo de pieza –pestillos oxidados- como en otras como: marcos, esquineros, rejillas de las puertas, y pasamanos de los muros. De ahí resalta, por un lado, que la instalación no toma en cuenta las condiciones ambientales particulares concretas de su ubicación y, por el otro, la calidad de los bienes utilizados contrasta con la clara intención del edificio en cuanto a resistencia y durabilidad. Aquí se entrelazan dos elementos: la inadecuación original en cuanto a la construcción, y claros problemas de mantenimiento. La trayectoria del pestillo es interesante. Al poco tiempo de inaugurarse el edificio, se adviene al hecho –por la protesta de los usuarios ante la incomodidad causada- que la puerta del baño no tiene pestillo y no se puede cerrar por dentro. Tal parece que, al firmar por la entrega de esta parte de la construcción, el encargado de supervisar el proyecto no se percató de ello. Se recurre, entonces, a instalar un pestillo. Se hicieron los trámites “diligentes”: compraron el pestillo más barato y lo instalaron degradando la puerta, con una pieza que no cumple con los requisitos mínimos del ambiente –por ello su rápida oxidación- y que tiende a desvalorar las facilidades.

Volvamos al pestillo. El pedazo de cartón es interesante, pues inclusive no se intenta darle la forma del pestillo, sino que sobresale de manera “tirada”, con una dejadez impresionante. El hecho de que sea cartón, resulta sugestivo. Precisamente no se trata del material más resistente y tendería a indicar que se pone lo primero que se tiene a mano, que resulte lo más fácil. Se trata de un remedio rápido, definido en la lógica de la mediocridad como adecuado por su maleabilidad y rápida instalación. El cartón cumple una función, para algunos hasta loable e ingeniosa. Tiene una cierta armonía con el tipo de pestillo barato, pestillo cualquiera, finalmente…

El pestillo está ahí, como un adefesio más, integrado a la normalidad. Este objeto-signo, nos remite a una devaluación del trabajo como valor, a una descalificación progresiva respecto a la naturaleza artesanal de este tipo de trabajo. Esta pérdida la constatamos en diversas modalidades en todo el edificio. Así ocurrió en el DMN, como así tiende a ocurrir en el Recinto y el País. Al referirnos a la forma artesanal lo hacemos en el sentido etimológico de ars, artis (ver arte) y de manus en tanto destreza, habilidad, conocimiento. No hay un aprecio de la producción, sino la ejecución de una labor hecha “como quede”. El remiendo, el pegote, la chapucería, pasan por aceptables y un reclamo frente a esta tosquedad y daño, resulta no solamente ridículo, sino, inclusive, en algunos casos, hasta ofensivo. Si se cambia un dispensador de papel toalla, al colocar el nuevo, quedan las perforaciones de la instalación anterior y esto no es visto como un daño, un menoscabo, sino como el resultado de una acción justificada, pues: “había que cambiar el otro”. Los criterios de calidad son obliterados en beneficio de una creciente mediocridad que domina como medida.

Nos habla igualmente de la naturaleza del mantenimiento-gestión que se efectúa en nuestras edificaciones. El circuito trámite-ejecución-supervisión adolece de fallas importantes, lo que se muestra, dramáticamente, en la ausencia de protocolos de intervención. La estructura misma de poder en la gestión hace que un funcionario, que no posee la calificación en esa área de pericia y habilidad, esté tomando decisiones que rebasan su capacidad. El haber sido nombrado a un puesto académico no hace que un influjo cósmico de sabiduría impregne al funcionario y lo capacite para hablar en ex cathedra con la infalibilidad pontificia sobre estos problemas.

De igual manera existe, en este trayecto en forma de circuito, una apariencia de transparencia en criterios periciales y de calidad que, sin embargo, al examinarlos, nos damos cuenta de que son laberínticos, llenos de claros obscuros en cuanto a información, a la adecuación en los trámites, las decisiones y la supervisión. En todo esto se ejercen múltiples acciones corruptas, muchas de las cuales son en escala pequeña, cotidiana, sin que reciban la atención requerida. Esto no debe obliterar el hecho de la existencia de niveles más sofisticados y complicados de corrupción gracias al tipo de encuadre político, circulación de poderes y la supervivencia de fuerzas, de distinta naturaleza, que recurren a una colaboración por distintas vías.

La constitución de esta red de significaciones debe ser entendida dentro de las prácticas culturales, no como formas exteriores que “vemos”, sino que somos parte de ellas. El signo existe como sistema complejo, no como indicio aislado. Al estudiársele se le aísla, pero esta entidad mental, según Ferdinand de Saussure, es un proceso como indicaba Pierce. El continuum semiótico, como en parte insiste el semiólogo francés, Roland Barthes, hace del signo un tipo de “hábitat”, que existe en una red compleja de procesos de atribución de sentido. Esto no es algo que se añade a nuestra acción, sino los seres humanos tejemos redes de sentido, como decía el sociólogo alemán Max Weber. Estas tramas de significaciones, son parte de las relaciones sociales. Este aparejo trabado en forma de mallas de imágenes, a partir de la cuales, nos constituimos en el “otro”, está relacionado con las prácticas culturales.

Cobertura: 
2016, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.
Audiencia: 
Comunidad universitaria
Fuente: 

Diálogo UPR. Recuperado de http://dialogoupr.com/68115/

Colaborador: 
Estudiantes del Grupo de Estudios Semióticos de la UPR-RP
Reseña biográfica: 

Los miembros del GES que desarrollaron la investigación a la que alude este texto son, además del suscribiente, Gustavo Antonio Casalduc, Jorge Silén, Nabila Morales, Gustavo Carlos Casalduc, Néstor Lebrón, Adriana De Jesús Salamán, Omar Valentín y David Tait.

Editor: 
Diálogo UPR

El edificio del sí mismo

El edificio forma parte de ese escenario de referentes simbólicos, se trata de un espacio comunicativo, pero no con el exterior sino con el sí mismo.
El pasillo del edificio AJBR. (Foto por David Tait/Grupo de Estudios Semióticos)
2016-01-21
Resumen: 

Este es el tercero de una serie de cuatro artículos sobre la investigación que realiza el Grupo de Estudios Semióticos de la UPR, a partir de la cual se realizó la instalación artística Signos. Originalmente fueron publicados en Diálogo UPR.

Al entrar en los salones del Anexo Jaime Benítez Rexach (AJBR) observo lo que cotidianamente pasa desapercibido, por su trivialidad y sencillez: las rendijas de las ventanas recién puestas, sus desniveles que impiden cerrar adecuadamente, sus manecillas y seguros, muchos rotos, la ausencia, en algunas, de los dispositivos para abrirlas, la cinta adhesiva pegada para que no se abra completamente la ventana. El edificio solo tiene cinco años de uso. Al acceder a los salones esto no se nota. En parte, como se ha señalado por la Gestalt o la ley de la pregnancia y el enmascaramiento según la cual una forma desafía los detalles, los encubre, siendo más persistente en una figura la captación de lo total cuanto mayor sea su pregnancia, es decir, la forma global en términos del sentido de regularidad, sencillez y simetría.

Ahí están las ventanas, en su conjunto, como forma completa y acabada. La percepción, como señalaba el epistemólogo suizo Jean Piaget, contiene, un recurso de modificación, de intervención. La percepción misma no consiste en una simple lectura de los datos sensoriales, sino que implica una organización activa en la que intervienen decisiones y pre-inferencias. Lo propio de la inteligencia, y como parte de ella nuestro campo nocional cultural, no consiste en contemplar, sino en transformar y su mecanismo es fundamentalmente operativo. Tendemos a corregir y a adaptar. Todo se ve normal. Al distinguir estas condiciones de deterioro sé que no sólo tienden a desaparecer para muchos, sino que aún si las señalo, serían percibidas fugazmente con un tono de indiferencia. En la configuración de ese todo dominan las líneas de fuerza de la normalidad. Con mi objeción a este estado de cosa, me sitúo en una posición excéntrica, inclusive reprochable.

El espacio al cual accedemos, al entrar, no es una dimensión vacía, sino un adentro sujetado; un espacio discursivo, práctico, con forma lógica de medios y fines, atravesado por un reduccionismo utilitario, natural, que Karel Kosik llamara lo “pseudo-concreto”. Se trata de un ser así que no se discute porque se representa como un ámbito externo, independiente de la práctica humana. El cuestionar no tiene cabida. El ser así como indicativo se transmuta en un imperativo.

Mientras más se inscriben en lo cotidiano, esas ventanas y condiciones del salón, así como otras en el edificio,- como al encender el proyector con su mensaje: “Please, clean filter”- más tienden a ser subsumidas en una normalidad. Ese mundo de la vida cotidiana es el escenario de nuestras acciones y relaciones, y como tal es intersubjetivo, como señalara Alfred Schütz, y tienden a dominar intereses eminentemente prácticos. Las relaciones se traban a nivel de la interacción simbólica. Así, mediante los símbolos, adquirimos información e ideas, entendemos nuestras propias experiencias y las de los otros, compartimos sentimientos y conocemos a los demás. El edificio forma parte de ese escenario de referentes simbólicos; dicho de otra manera, se trata de un espacio comunicativo, pero no con el exterior sino con el sí mismo.

Por eso señalamos que ese espacio no es un lugar exterior, sino un lugar reflejo por el cual uno se ve, se distingue, toma forma de ser y no meramente de estar. El espacio se configura como un espejo en el cual uno se ve, pero, claro, como imagen reflejada, es decir, como “eso” visto, por tanto siempre es ser otro. De Certeau, en La invención de lo cotidiano, retomando las reflexiones de Freud sobre la diferenciación, nos señala que “practicar el espacio (…) “es, en el lugar, ser otro y pasar al otro”.

Al entrar a ese espacio hacemos contacto con un mundo que nos precede, configurado por significados socialmente dominantes, con fuerza coercitiva, los cuales interiorizamos como modelo. Esta configuración nos permite actuar coherentemente con el otro.  Se trata, como diría Schütz, de un “repositorio de conocimiento disponible”. Al ser percibido como “normal” (un ya existente por derecho),  preguntarse sobre él se convierte en irrelevante. De ahí que mis preguntas y observaciones pasen a ser inadecuadas, sin mayor valor. Al reflexionar con estudiantes en una clase sobre este asunto de la inaccesibilidad de abrir las ventanas debido a la ausencia de mecanismo adecuado, me advertían con tono tranquilizador: “es que es así en todos los salones”. ¿Y?, “pues así es”. Ese es una aseveración de “cierre”, racionalizadora, que preserva del cuestionamiento.

Contrario a un mirar ya normalizado, vemos en ello varias capas de relaciones en movimiento, de prácticas combinadas. No se trata de “lo ocurrido” y que define su existencia como lo pretérito, indicio de un pasado, ni de un evento aislado, sino de algo que está aconteciendo y tiene forma extensiva.  Su inmediatez (esa rendija en la ventana), su existencia directa en tanto forma y su relación con otras manifestaciones, lo hace significante. Su existencia misma re-cubre varias formas combinadas. En su relación con otras utilidades, emerge un cierto nivel de textualidad que nos muestra aspectos interesantes. Así vamos de la parte al todo parcial.

El carácter de significación, lo estoy abordando aquí no únicamente desde el ángulo de que existan prácticas que son indicios, señales de una práctica “exterior”, de degradación, sino porque su signo-base es su “desaparición”. Tanto a nivel de la percepción inmediata de condiciones adversas, como en lo referente al carácter global de devastación de esta situación, existe una evanescencia, una volatilización de éstas, lo que las hace más efectivas en cuanto al menoscabo nuestro. La “normalidad” se constituye en refugio de prácticas depredadoras que encuentran ahí, su fortaleza de operaciones. Al integrarse en una conciencia interpretante con una cualidad significante de admisible e inclusive razonable, la manifestación pierde la calidad de representamen en una dimensión crítica y se traslada a otra región pues posee otros códigos de lectura. Esta volatilización aniquila la percepción y es uno de los elementos que configura la imagen política de nuestra identidad. Así podemos llegar al canto tercero del infierno de Dante, y entrar a ese ámbito habitado por los indiferentes, que ni el infierno los reclama,  frente a los cuales dice Virgilio:
 

Questo misero modo

tegnon l’anime triste di coloro

che visser sanza ‘nfamia e sanza lodo.

(…)

non ragioniam di lor, ma guarda e passa”

Tratamos estas manifestaciones como incidentes: se trata de formas episódicas en el sentido que son hechos puntuales –la rendija con su particular forma, la cinta adhesiva gris que por ser del color de la ventana se camufla-  que forman parte de un todo; solo acaecen como eventos de algo mayor. Son significantes. Serían, en el sentido hegeliano: “cadáveres que la tendencia deja tras sí”. Un acercamiento inmanente a este tipo de evento nos muestra, por un lado, sus formas concretas tanto al nivel anecdótico en diversos tiempos combinados que van desde su primera aparición a su permanencia. Al integrarlos a una totalidad parcial mayor, producto de su mismo movimiento –no son formas estáticas- emerge un cierto nivel de coherencia y significación. Por otro lado, al integrarlas a otros eventos que comparten estructuras básicas, como las grietas, desprendimientos, oxidación, etc., nos remite a otra totalidad dinámica y significativa, como diría el sociólogo Lucien Goldmann, que nos revela otros ángulos. Dicha estructura es provisional, pues se regresa a la parte: se trata de un recurso analítico que no cierra o concluye el acercamiento. Precisamente por su forma concreta, particular, por sus condiciones de aparición y subsistencia en tanto formas, muestran, en su relación de coherencia desde su especificidad, una textura mayor, un entramado de significaciones al integrarlas, desde sus estructuras mismas, a una totalidad mayor constituida por las prácticas culturales.

Sin embargo aquí conviene una aclaración. La totalidad puede ser formulada desde una concepción racionalista al definirla como una suma de elementos y de hechos, privilegiando las relaciones lineales, absolutas; o una totalidad organicista que formaliza la totalidad como marco que contiene las partes y las determina como principio absoluto en el cual se explican los fenómenos. Esta última concepción nos remite a una construcción exterior que adquiere el lugar de referente teleológico. De igual manera no debe abordarse como una fuerza trascendente cognitiva, una conciencia humana universal, espíritu de época o de civilización que oriente la actividad en la constitución de un sujeto que acabe por suprimir las diferencias y que excluya las discontinuidades. Aquí se trata de un abordaje que va del todo a las partes y de las partes al todo mediante el conjunto de mediaciones que conforman un objeto en devenir.

De las partes al todo y del todo a las partes en un movimiento analítico, abierto, desde el punto de vista semiótico. De eso se trata. En el próximo artículo se toma una manifestación particular para examinarla en su totalidad expresiva

Cobertura: 
2016, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.
Audiencia: 
Comunidad universitaria
Fuente: 
Colaborador: 
Estudiantes del Grupo de Estudios Semióticos de la UPR-RP
Reseña biográfica: 

El autor tiene un doctorado en sociología y semiología. Se desempeña como catedrático en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Los miembros del GES que desarrollaron la investigación a la que alude este texto son, además del suscribiente, Gustavo Antonio Casalduc, Jorge Silén, Nabila Morales, Gustavo Carlos Casalduc, Néstor Lebrón, Adriana De Jesús Salamán, Omar Valentín y David Tait.

Editor: 
Diálogo UPR

Una trayectoria del habitar

En las propias formas del edificio, como residuo, están consignados los asientos y las inscripciones de nuestras concepciones.
La parte remodelada del edificio de Estudios Generales. (Foto por David Tait/Grupo Estudios Semióticos)
2016-01-20
Resumen: 

Este es el segundo de una serie de cuatro artículos sobre la investigación que realiza el Grupo de Estudios Semióticos de la UPR, a partir de la cual se realizó la instalación artística Signos. Originalmente fueron publicados en Diálogo UPR.

En pocos años el edificio nuevo de la facultad de Estudios Generales fue mostrando señales de deterioro. A los diez años de ser inaugurado en el 1970, con sus paredes interiores ligeras, y la iluminación de sus pasillos que muestran amplitud cromática, su fuente de agua en la entrada, su estilo de apertura, su elegancia que combina la ligereza de formas y el ambiente con la madera fina en sus pasamanos y frontispicios de los anfiteatros, su retórica de distinción y las propuestas estilísticas de claridad que expresaban ese conocimiento integrador asignado a una nueva época, ya expresa su decaimiento.

El hoy DMN, -siglas de Domingo Marrero Navarro, nombre con el cual se bautizó esa estructura en el 1990 -va mostrando de forma acelerada su desfallecimiento. Se va interviniendo, mutilando, llenando de parchos, relegándolo al abandono por el mantenimiento negado. Las capas y capas de pintura sobre el cemento y bloques expuestos, según el mejor criterio del funcionario del momento, atenta contra su retórica original convirtiéndolo en una farsa. Va respirando con dificultad con sus ductos de aire contaminados, con los hongos que lo marcan, con desprendimientos y colapsos, con las alteraciones continuas, con el camuflaje de fallas y desgastes… Poco a poco va cediendo ante el deterioro que lo carcome y lo que en un momento era una metáfora de la apertura se transmuta en desaliento, en una fatiga del descuido y el desamparo. La forma, en su daño, va mostrando un menoscabo de los intercambios humanos internos.

Como decía Lao Tsé: “La arquitectura no son cuatro paredes y un tejado sino el espacio y el espíritu que se genera dentro”. Poco a poco comienza la hostilidad de un ambiente malsano y emerge el síndrome de edificio enfermo. Debido a los problemas de ventilación, las partículas de los aires acondicionados y ductos sin mantenimiento, la contaminación con hongos y polvo van causando una condición generalizada de alergias, enfermedades respiratorias y su secuela de condiciones. La queja de los empleados es recibida con escepticismo. Se recurre a más parchos, a embarrar lo que se puede con pintura para intentar tapar la situación; se ejecutan acciones incoherentes de una cosa aquí otra cosa allá. El entorno de trabajo y estudio produce un estrés térmico caracterizado por una sensación de malestar por los desniveles y los esfuerzos desmesurados para mantener una temperatura interna dado los cambios drásticos en el ambiente del cual se sale o al cual se entra. Hay una atmósfera malsana a causa de los problemas de temperatura del aire, la humedad, las paredes mojadas y los demás dispositivos, combinados con las colonias de esporas por las materias orgánicas en descomposición.

La fealdad como condición de normalidad emerge poco a poco. Si una fuente de agua se dañaba se instalaba otra dejando los rotos y perforaciones e inclusive piezas del sistema anterior como tuberías de descargas y los soportes. Al cambiar los accesorios de los baños, se sustituyen por otros dejando las perforaciones –y desniveles en el caso de los empotrados- de los anteriores. En el caso de los aparejos de plomería se hace con criterios puramente mecánicos dejándolos expuestos sin que intervenga un sentido de armonía. Así resulta con las llaves de agua de los lavamanos sustituidos por equipo de inferior calidad. Si una pieza de las barandas de madera se daña o cae, se le instala una plancha de plywood y se cubre con pintura marrón obscuro de aceite, del mismo color que se había usado sepultando el trabajo fino de madera original, para encubrir el parcho que habita en una nueva “normalidad”.

Los pasillos, antes con iluminación cruzada, se convierten en galeras correccionales, con muros de concreto y pequeñas aberturas en las puertas tipo hospital psiquiátrico o institución penal, que daban, literalmente, a dos rejas en los extremos. Esta acción se justificó por dos vías. Por un lado, por cuestiones de seguridad: luego de las manifestaciones estudiantiles de los ochenta, un estratega asesor de la Guardia, de formación militar, lo planteó como medida protectora. Por otro lado, por cuestión del ruido. Las paredes insolentes se levantaron en los pasillos, ahora, galeras de reclusión. Muchas veces en la mañana, había que esperar que abrieran los barrotes, con su chirrido intimidador para entrar a esta metáfora de la forma penitenciaria o, digamos, disciplinaria. Recuerdo haberle comentado en el momento en que por primera vez se abrieron los corredores a la colega Belén Barbosa: “¿Y cómo uno entra ahí sin transformarse?”

El reclamo de un edificio nuevo se va gestando y fueron años de discusión, asambleas, manifestaciones, hasta que, dada las condiciones de un edificio, que hubo que cerrar en varias ocasiones, comienza al lado un anexo que se integraría funcionalmente al principal. Así nace el actual Anexo Jaime Benítez Rexach (AJBR). En el edificio contiguo, ya construido, me encuentro en el 2014 en el seminario sobre la corporeidad de una estética integrista y me acerco a la ventana, que tiene rendijas desde su instalación. Contemplo el edificio contiguo, el DMN, en su lamentable estado y digo: “los pasillos tenían paredes de cristal…”

El deterioro creciente y extendido de nuestras edificaciones a un ritmo casi exponencial es explicado generalmente con una inocencia que raya en la complacencia patética mediante razones que van desde el clima, la antigüedad de los edificios, el uso inadecuado a nivel cuantitativo, etc. Pero este menoscabo es una señal de formas más profundas que son las prácticas dilapidadoras y depredadoras de nuestros propios recursos. Entonces hay que preguntarse cómo es que se produce todo esto en unos períodos de tiempo notablemente breve. Uno de los elementos constatados empíricamente en la investigación La arqueología del habitar, es que este edificio, el AJBR, ya está mostrando señas claras de su progresivo deterioro. Va en camino a convertirse en lo que fue el edificio contiguo, el DMN, que en un espacio de veinte años estaba totalmente deteriorado y que fue “arreglado” en varias ocasiones hasta su actual remodelación, que ya muestra los signos del deterioro. En muchas ocasiones, los “arreglos” y modificaciones efectuadas fueron verdaderas obras de mutilación despojando a la edificación de coherencia estilística, arquitectónica y estética. La cuestión es que al edificio se le ha concebido como una cosa inerte, como si fuera un armatoste sin vida, como una mole de hormigón para ser usado de forma indiscriminada, sin otro valor que ser una facilidad inmediata que será luego desechada.

El edificio es usado como un agente catalítico en esta reflexión. Esas grietas y deterioro son signos: representan, indican, simbolizan; son parte de un lenguaje que es necesario decodificar y que puede serle extraño al propio actor inmediato que está inmerso en esa comunidad lingüística social. No se trata de eventos aislados sino que forman, en su conjunto, un texto. Hay que tener presente la concepción de edificio que aquí se maneja. Se trata de un agente catalizador en la medida en que proporciona un camino de reacción alternativo al producto de reacción que estamos intentando comprender. Y esta ruta más corta, o digamos con menos energía desplazada, se consolida en la medida en que el edificio no es un conjunto de “facilidades” estáticas. Hay que renunciar a la noción tradicional del edificio en quietud y pensarlo como un ente cambiante. Recordemos a Heráclito: “La misma cosa en nosotros vive y muere, duerme y está despierta, es joven y vieja; cada una cambia su lugar y deviene la otra”.

El edificio existe, es un “sí mismo”, es “real”, siguiendo la reflexión del alemán Herbert Marcuse sobre su homólogo Hegel, como en el caso de una piedra, por ejemplo, al negar lo que lo niega, (viento, aire, lluvia, presiones) es decir en su afirmación activa, constante, como Hegel lo ha hecho claro en su famoso principio de la negación de la negación. Ese permanecer igual a sí mismo no es algo puramente estático –en el sentido tradicional- sino su inercia deriva de la resistencia que opone a modificar su estado. El ser-edificio es un proceso continuo de convertirse en sí y que actúa constantemente preservándose. Aquí, como en el caso de la planta, no veo este proceso como uno puramente exterior sino en un continuo intercambio, en el que interviene la acción humana, pues el edificio es una obra. Se trata de un “siendo” en la medida en que se encuentra en constante movimiento, y su dinámica es un registro de relaciones. Su forma de legajo cultural deriva del hecho de que, como diría Adorno para las obras de arte con la Escuela de Frankfurt, en su Teoría estética, es contenido sedimentado. En sus propias formas, como residuo, están consignados los asientos y las inscripciones de nuestras concepciones. Pero este registro al cual me refiero no se remonta a lo pretérito, sino a la relación continua, a una trayectoria, mediante la cual se produce el intercambio continuo.

Cobertura: 
2016, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.
Audiencia: 
Comunidad universitaria
Fuente: 
Colaborador: 
Estudiantes del Grupo de Estudios Semióticos de la UPR-RP
Reseña biográfica: 

El autor tiene un doctorado en sociología y semiología. Se desempeña como catedrático en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Los miembros del GES que desarrollaron la investigación a la que alude este texto son, además del suscribiente, Gustavo Antonio Casalduc, Jorge Silén, Nabila Morales, Gustavo Carlos Casalduc, Néstor Lebrón, Adriana De Jesús Salamán, Omar Valentín y David Tait.

Editor: 
Diálogo UPR

El edificio como habla

En algún sentido, de lo que nos habla esta investigación es del abandono, pero no de edificios materiales sino de sí mismos.
Una de las secciones de la exposición del Grupo de Estudios Semióticos. (Adriana De Jesús Salamán/Diálogo)
2016-01-19
Resumen: 

Este es el primero de una serie de cuatro artículos sobre la investigación que realiza el Grupo de Estudios Semióticos de la UPR, a partir de la cual se realizó la instalación artística Signos. Originalmente fueron publicados en Díalogo UPR.

Nuestras edificaciones sufren un constante deterioro: grietas, hongos, desprendimientos, deterioro acelerado, suciedad, filtraciones, retención de agua, equipo dañado, cerraduras inadecuadas, puertas que hay que tirarlas para que cierren, rendijas, desniveles en temperaturas, coladeras de agua, oxidación constante, alteración y montaje de equipo inadecuado y contaminación en los ductos de aire acondicionado. Este menoscabo de nuestro hábitat, no es un problema puramente técnico, sino está entrelazado por “visiones de mundo”, muchas de las cuales, tributarias de ideologías político-culturales, son claramente depredadoras.

La investigación La arqueología del habitar, que desarrolla el Grupo de Estudios Semiótico (GES) de la Universidad de Puerto Rico-Recinto de Río Piedras desde el 2013, pretende captar la configuración de las líneas de fuerza en las formas de “edificar” (término muy significativo) que desembocan en una dilapidación, agotamiento y despilfarro de nuestros recursos. En algún sentido, de lo que nos habla esta investigación es del abandono, pero no de edificios materiales sino de sí mismos. El acercamiento a estas huellas, para el cual hay que penetrar capas geológico-culturales y enfrentarse a discursos normalizadores que recubren el mirar, nos revelan no un pasado –deterioro de una forma original- sino un devenir muy importante para comprender, no sólo lo que pasa en la Universidad de Puerto Rico, sino lo que sucede en el País.

Así nace la instalación que hicimos el 1 de diciembre de 2015, Signos, “Die Wüste Wächts (“El desierto crece”, Nietzsche) en el edificio Anexo Jaime Benítez Rexach (AJBR) que organizó el GES como parte de la investigación mencionada. La misma incorporó la situación del edificio para producir una experiencia tanto visceral como conceptual sobre nuestras prácticas culturales. Se utilizó directamente el espacio del edificio, como “semioesfera”, creando una obra global transitable por el usuario en una interacción. Las muestras expuestas fueron las distintas condiciones de deterioro, de parchos, videos y carteles en las paredes, piso y techo. El diálogo propuesto involucró la ruptura con el mirar tradicional –mirar el propio mirar y sorprenderse- ante la desaparición-aparición de las condiciones en un intento de reconstruir significados. Como generalmente lo es este tipo de expresión, se programó efímera en cuanto al montaje –duró dos días- pues se trata de una intervención puntual, “de golpe” alojándose en un tipo de memoria de ruptura. Lo que estaba en juego era ver nuestras propias prácticas. El nivel de coherencia momentáneo programático se propuso a partir del principio de que, como señala el semiótico ruso Yuri Lotman: “Los signos aislados no funcionan: solo funcionan en un continuum semiótico, organizado en distintos niveles y formado por varios grupos. A eso se le llama semiosfera”. La instalación, se constituyó con “piezas” –una grieta, un pestillo oxidado, etc.- acompañadas en algunos casos de indicaciones conceptuales o sensoriales, que permitiesen producir una “vivencia”.

La investigación que realiza el GES consiste en captar y tratar los trazos de la memoria –en tanto contenido sedimentado en forma de señales indéxicas inscritas en los edificios- para rastrear las prácticas culturales intrínsecas en el proceso complejo de habitar y significar dichos espacios de la cotidianidad. La exploración de las condiciones y el proceso de transformación de los edificios hace emerger una cierta caligrafía codificada que puede ser concebida como una forma de memoria cultural en la medida en que las cosas, como escribía Jorge Luis Borges: “Durarán más allá de nuestro olvido”, creando una red que no está ligada a nuestra presencia inmediata, sino al habitar. Esas huellas son formas nombradas de manera encubridora como fallos, defectos, dificultades atribuidas a una cierta naturalidad, normalidad, y que, sin embargo, designan otras formas más profundas.

El eufemismo hace su presencia retórica tanto en su modalidad de de-formación, como de  naturalización dirigido a justificar la presencia y permanencia de estas fallas. Estas formas de deterioro están recubiertas por una cierta textura mítica como plantea Roland Barthes. El conjunto de las condiciones defectuosas y adversas que constatamos adquieren un tipo de camuflaje estratégico en forma de habla despolitizada, de una meta narrativa que, como el mito: “tiene la misión de dar a una intención histórica una justificación natural y hacer que lo contingente aparezca como eterno” (Barthes). Hay que recordar que el mito no opera en forma de negación de las cosas, sino como una afirmación mediante su transmutación a formas inocentes, naturales y eternas. Lo importante es considerar que estas formas estudiadas no son estáticas sino son partes de un habla, “un sistema de comunicación, un mensaje” que interactúa con nosotros. Aún más, en gran medida este intercambio implica una modelación. Las cosas no están ahí inertes, mudas, cerradas, sino  en un estado de comunicación dándonos señales de un deber ser al cual nos vamos amoldando. Se trata de unidades significativas. Dicho de forma sencilla: se trata de una acción que nos transforma, en algunos casos en una ética del abandono.

Los seres humanos habitamos el espacio mediante una compleja red de significaciones que nos define como actores, es decir, nuestro ser sujeto se opera mediante la trama de una acción de fuerzas y de sentidos ligados a nuestro hábitat. La cuestión central de esta investigación reside en la relación entre el “soy” y el “habitar” en términos de la manera en que se construye nuestra identidad. Habitar, en este sentido, nos habla de las formas de “alojarse” como ser, asentarse como humano, establecer las estrategias del “con-vivir”.  En cuanto al “habitar” remitimos a los conocidos señalamientos de Martin Heiddeger en el sentido de que la palabra del alemán antiguo correspondiente a construir, buan, que significa habitar. Señala que: “Allí donde la palabra construir habla todavía de un modo originario dice al mismo tiempo hasta dónde llega la esencia del habitar. Bauen, buan, bhu, beo es nuestra palabra «bin» («soy») en las formas ich bin, du bist (yo soy, tú eres), la forma de imperativo bis, sei, (sé). Entonces ¿qué significa ich bin (yo soy)? La antigua palabra bauen, con la cual tiene que ver bin, contesta: «ich bin», «du bist» quiere decir: yo habito tú habitas. El modo como tú eres, yo soy, la manera según la cual los hombres somos en la tierra es el Buan, el habitar. Ser hombre significa: estar en la tierra como mortal, significa: habitar”. Aquí se establece una relación fundamental entre el ser en términos existenciales inmediatos y el habitar.

La noción de arqueología la usamos aquí en el sentido de estudiar nuestro propio proceso actual – no el pasado- a partir de las huellas materiales contenidas en las edificaciones, verdaderas formas testimoniales, desenterrando vestigios, contraseñas, rúbricas históricas, de los sentidos de nuestro hacer. La noción que usamos de arqueología deriva de la raíz “archaios”  en cuanto apunta a un devenir que hay que desenterrar, explorar –en tanto pasado en ejecución- mediante la reconstrucción a partir de signos indéxicos preservados en la edificación. Partimos de una singularidad, un edificio, para elaborar sus conexiones con otras formas similares que nos revelan el acaecer de nuestras formas del habitar. Nos preguntamos sobre la tensión arraigo-desarraigo en este devenir.

Trabajar las prácticas cotidianas contenidas en las formas del habitar es importante para poder captar las prácticas institucionalizadas. Las textualidades de las interacciones humanas no se dan dentro de los edificios, sino están inscritas en sus condiciones de existencia. Esta consideración está ligada a la idea de que el edificio es un “habla” que edifica una relación de comunicación con mensajes. Esto quiere decir que se establece una dinámica que supera el elemento primario de la retórica y estilo arquitectural inicial y le comunica en su propia dinámica, señales y mensajes al “usuario” en un espacio “de intercambio”, según diría Julia Kristeva. La cuestión reside en plantear la edificación como una acción cargada de sentido, no únicamente en el aspecto de la atribución por el actor inmediato, sino por las lecturas y formas del habitar de forma interactiva. El modelo es un acercamiento inmanente constructivista semiótico que entiende las diversas prácticas y formas de existencia de las edificaciones en sus partes y conexiones (tanto a nivel físico como a nivel de las prácticas) en tanto objetos-signos, según el sociólogo Jean Baudrillard. Se trata de que al considerar nuestras edificaciones lo hacemos tratando de captar una dinámica resultante de un sistema “hablado” de objetos, entornos, interiores, es decir, un sistema de significados culturales de naturaleza coherente que se instaura como “hecho social”, en el sentido de Durkheim.

El tiempo reflexivo sobre nuestras propias prácticas se enlaza con lo señalado por Charles Sanders Pierce en el sentido de que: “Decir, por lo tanto, que el pensamiento no puede ocurrir en un instante, sino que requiere un tiempo, no es sino otra forma de decir que todo pensamiento debe ser interpretado en otro, o que todo pensamiento está en signos”. Esto requiere un espacio de atribución de sentido y se produce en condiciones interpretantes. Develar ese espacio significativo es encontrar las huellas de nuestras propias prácticas culturales, al cual dedicaremos nuestro próximo artículo.

Cobertura: 
2016, Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico.
Audiencia: 
Comunidad universitaria
Fuente: 

Diálogo UPR. Recuperado de http://dialogoupr.com/el-edificio-como-habla/

Colaborador: 
Estudiantes del Grupo de Estudios Semióticos de la UPR-RP
Reseña biográfica: 

El autor tiene un doctorado en sociología y semiología. Se desempeña como catedrático en la Facultad de Estudios Generales de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras.

Los miembros del GES que desarrollaron la investigación a la que alude este texto son, además del suscribiente, Gustavo Antonio Casalduc, Jorge Silén, Nabila Morales, Gustavo Carlos Casalduc, Néstor Lebrón, Adriana De Jesús Salamán, Omar Valentín y David Tait.

Editor: 
Diálogo UPR